La dialéctica de cualidades terapéuticas en Rogers

Por David Brazier

 

versión en inglés abajo

 

El presente artículo es una búsqueda de apertura a la experimentación y desarrollo dialéctico dentro del enfoque centrado en la persona y sus derivados humanistas. El trabajo de Carl Rogers fue radical e innovador, trayendo consigo un maravilloso espíritu de libertad al mundo de la psicoterapia, espíritu que aún se mantiene vivo a pesar de los asfixiantes efectos de la profesionalización y el intento de reducir la terapia en general a un catálogo de protocolos mecanizados. Aun así, no deberíamos tomar lo que él dijo como una escritura inviolable y sagrada. Hay contradicciones dentro del enfoque y esto es su fortaleza más que su debilidad.

 

Carl Rogers, en 1940, propuso que el mero reflejo de sentimientos puede constituir una manera más profunda de hacer psicoterapia que aquellos estilos más directivos vigentes en ese momento. En cierta manera, esto fue un desarrollo de la lógica del psicoanálisis hacia un nivel más radical. En el psicoanálisis, lo que es de interés son las motivaciones inconscientes del cliente. Podemos llamar esto la voluntad oculta. Para traer algunas pistas sobre la naturaleza de esta voluntad oculta hacia la superficie del consciente, era necesario seguir los signos emergentes espontáneamente de la misma vida emocional, pronunciación y comportamiento de la persona, especialmente aquellas que estuvieron fuera de un control racional. La dificultad técnica era que cualquier comentario sobre dichos procesos espontáneos tendían a tener un efecto disruptivo sobre ello. Uno no puede traer el inconsciente al consciente sin interrumpir, al menos hasta cierto grado, el flujo mismo del inconsciente. Por lo tanto, las interpretaciones tenían que ser raras y parsimoniosas. Rogers entonces generó un método de respuestas empáticas que habilitan al terapeuta a ser relativamente más activo al minimizar el efecto disruptivo.

 

La terapia depende en la armonía entre el cliente y el terapeuta, esta sintonía constituye una especie de trance. Inicialmente, el método de Rogers aún involucra un considerable dominio de sí mismo, de parte del terapeuta. Cualquier interpretación que el terapeuta esté tentado a hacer tenía que ser suprimida. Sólo las reflexiones dentro del marco de lo que se ha compartido hasta el momento, por parte del cliente, era permitido. Este método no-directivo requiere una gran disciplina de parte del terapeuta, para lo cual aprender dicho método se constituye un riguroso entrenamiento de valor considerable. Esencialmente, crea un medio ambiente en el cual el cliente tiene la oportunidad óptima de hacer sus propias auto-interpretaciones.

 

Cuando Rogers se mudó a Chicago, esta metodología fue refinada en la Terapia Centrada en el Cliente. Los elementos primarios de la metodología eran:

 

  • Una fuerte confianza, de parte del terapeuta, en el potencial para la actualización-del-self en el cliente.

  • La habilidad para hacer respuestas empáticas consistentemente de manera que, al menos hasta cierto grado, trasmita la empatía al cliente.

  • Aceptación incondicional hacia lo que el cliente presenta, manifestando una ausencia de juicios o culpa.

  • Autenticidad.

 

Una mayor extensión en la práctica del método, conlleva a la revisión de la idea de empatía. Lo que al inicio fue un reflejo de sentimientos, gradualmente se vuelve una construcción de respuestas desde la comprensión empática. El método fue usualmente malentendido como repetir o devolver las palabras del cliente, pero lo que realmente era requerido era una respuesta que demostrara que el terapeuta haya entendido y participado vicariamente en la emoción del cliente, sin identificarse por completo con ello: para demostrar un entendimiento del cliente, como si uno mismo fuera el cliente, sin perder contacto con la condición del “como si”. Por lo tanto, el terapeuta mantiene una distancia residual y separación del cliente mientras que, vicariamente, se sumerge en el mundo del cliente.  

 

La cuestión de la autenticidad hace surgir, necesariamente, algunas preguntas. Si la terapeuta pone a un lado sus propios intereses, preocupaciones e incluso sus propias ideas sobre el cliente, de manera que pueda sumergirse al mundo del cliente, entonces, hay una sensación muy real en la que no es él o ella misma. De hecho, la condición de autenticidad se refiere a que la terapeuta desee genuinamente dejar ir su propio mundo en servicio de la ayuda al cliente desde una sensación genuina de compasión: una postura altruista. De manera que para que las respuestas empáticas sean “congruentes”, la terapeuta tiene que permitirse a sí misma entrar a algún tipo de trance empático. Dentro de este estado, las respuestas empáticas emergerán espontáneamente desde su propio inconsciente. Los mejores puntos en terapia ocurren cuando la terapeuta, y quizá también el cliente, están en un “ligero estado alterado de conciencia”

 

Luego, John Shlein y yo, independientemente uno del otro, nos dimos cuenta que para entrar en dicho trance empático, no solo dependía en que la terapeuta se relacione con el cliente de una manera positiva incondicional, más bien dependía de un paralelismo perceptual enfocado entre el cliente y la terapeuta. En otras palabras, para estar en un estado de profunda empatía con el cliente, la terapeuta necesita no solo apreciar lo que el cliente está sintiendo, sino, más importantemente, percibir lo que el cliente está percibiendo. Las emociones son una función de la relación entre el cliente y su mundo de objetos. Si el elemento focal en ese mundo cambia o si la manera en la que es percibido cambia, entonces la emoción cambia. Por lo que, el reflejo de emociones a un nivel más profundo requiere que uno participe en el substrato de esas emociones. Este análisis, en mi propio caso, se debe a mis estudios de conceptos de psicología Buddhista, en los cuales los estudios introspectivos han generado un rico material por más de dos milenios. El punto es que la terapeuta necesita empatía no solo para el cliente, sino para los otros del cliente. Esto conlleva al desarrollo del Enfoque Centrado en el Otro.     

 

 

En el ECO, el terapeuta muestra empatía no tanto al reflejar las emociones sino al invitar a la exploración del mundo perceptual del cliente: no tanto “Entonces tu sientes tal y tal sobre tu madre”, más bien “Cuéntame más acerca de tu madre… Me da la impresión que ella está presente para ti en este momento”. De alguna manera, este es un punto en el que se quiera la separación entre el método empático y las técnicas de acciones tales como las del psicodrama, donde el mundo del cliente es explorado al ser representado, las representaciones imaginativas del mundo del cliente se pueden volver vívidas. Cuando se hace esto, las emociones se hacen más intensas. 

 

Todo esto ilustra el hecho de que la simple idea de un reflejo de emociones es en realidad solo la superficie de una importante profundización en el cliente. Los factores básicos en la vida del cliente son la voluntad y el objeto. La voluntad está, como observamos al inicio, frecuentemente escondida, por esta razón es que la psicoterapia requiere sutileza. La voluntad, ya sea escondida o no, siempre tiene un objeto. Sin embargo, el objeto generalmente, debido a su participación en el mundo empírico, no es inmediata o totalmente sujeto a la voluntad del cliente. El mundo de los objetos se resiste a nuestros deseos. En este simple hecho recae toda la dinámica de la vida humana. Además, el mismo objeto puede ser el objetivo de más de una voluntad por parte del cliente o, por ponerlo de otra forma, la voluntad puede estar en conflicto. Te amo y te odio pueden ser ambas verdad. Ándate y quiero que vuelvas pueden fácilmente coexistir.

 

Donde hay voluntad y objeto, habrá emoción. Por debajo de la superficie de la emoción manifestada, por lo tanto, pulula todo un conjunto de criaturas salvajes de la voluntad. La terapia centrada en el cliente, entonces, encuentra pronto que la división entre reflejo e interpretación no era una barrera sólida. En una respuesta comprensiva inevitablemente tiene que participar algún tipo de comprensión sobre la voluntad y alguna apreciación de la manera en la que los objetos de la voluntad han sido construidos. Rogers se dio cuenta de las últimas partes de este análisis, acertando en sus últimos años que la empatía estaba más interesada en las percepciones que en las emociones como tales.

 

Algunos de estos desarrollos dialécticos metodológicos, han sido mediados por lo resbaladizo del idioma inglés y especialmente la imprecisión de la palabra “emociones” (feelings). Uno puede estar molesto –siendo la molestia una emoción- porque el deseo de aquel es frustrado, pero ¿es el deseo una emoción? ¿Es la frustración una emoción? Además, es común en inglés la costumbre de decir cosas como “Siento que él se entromete en mi camino.” En este caso, ninguna emoción es referida directamente. Aquí “Sentir” se refiere a un pensamiento que es por sí misma una interpretación de la acción de una tercera parte. Todo esto hace precisión al considerar la dificultad en definir qué está y que no está permitido en el léxico de un terapeuta Rogeriano estricto. Lo cual hace, no obstante, ver más valioso el esfuerzo de intentar una lectura más precisa de lo que Rogers y sus seguidores intentaban referir al definir un modo de terapia que facilita la emergente naturaleza de auto-desarrollo del cliente. Probablemente, la completa precisión de las definiciones no es posible en la naturaleza del material, pero el intento suele rendir nuevas sutilezas al abordaje.  

 

De alguna manera, la pura elegancia y la simplicidad de las formulaciones del método de Rogers ha sido un obstáculo para su desarrollo. En un sentido altamente irónico, dado que toda la filosofía de vida de Rogers era acerca del crecimiento y de abrir fronteras para el desarrollo, sus pronunciamientos dejaron una sensación de que son la última palabra y que nadie puede manosear el método sin cometer algún tipo de herejía. Sin embargo, un examen más cercano revela que la empatía tiene una subestructura, que la incondicionalidad es un ideal que en su forma total está más allá de la capacidad humana, que la consideración positiva inevitablemente involucra juicios sobre qué es positivo y que la congruencia depende en el estado en el que esté la persona en cuestión.

 

Hay estos dilemas dialécticos inherentes dentro del enfoque. Un juicio sobre qué es “positivo” sienta incomodo ante la idea de incondicionalidad. Demandar una comprensión empática puede establecer temblores en la expresión congruente del terapeuta, lo cual no puede garantizar ni siquiera el sustento de la relación ni mucho menos ser terapéutico. Nosotros no deberíamos huir o disfrazar estos dilemas, sino más bien entrar de lleno en ellos, permitiendo dichas antítesis para generar nuevas síntesis de manera que nuestro propio entendimiento continúe avanzando, si el debate dentro del enfoque permanece fértil, la metodología no se deteriora hacia una técnica simplista, mal entendible por casi todos.    

 

 

 

The Dialectic of Therapeutic Qualities in Rogers

David Brazier

 

This article is a plea for openness to experimentation and dialectical development within the person-centred approach and its humanistic derivatives. The work of Carl Rogers was radical and ground-breaking and brought a wonderful spirit of freedom into the world of psychotherapy, a spirit that still remains alive despite the smothering effects of professionalisation and of attempts to reduce therapy in general to a catalogue of mechanistic protocols. Even so, we should not take what he said as inviolable holy writ. There are contradictions within the approach and these are its strength not its weakness.

 

Carl Rogers, back in the 1940s, proposed that the mere reflection of feelings might constitute a more profound manner of psychotherapy than the more directive styles then current. In some ways this was a development of the logic of psychoanalysis to a more radical level. In psychoanalysis what is of interest is the unconscious motivation of the client. We could call this the hidden will. In order to bring some clues about the nature of this hidden will to the surface of consciousness it was necessary to follow the spontaneously emergent signs thereof in the emotional life, utterances and behaviour of the person, especially those that were free from rational control. The technical difficulty was that any comment upon such spontaneous process tended to have a disruptive effect upon it. One could not bring the unconscious to consciousness without interrupting, at least to some degree, the natural flow of the unconscious itself. Interpretations, therefore, had to be rare and parsimonious. Rogers then advanced a method of empathic response that enabled the therapist to be relatively more active while still minimising the disruptive effect.

 

Therapy depends upon a harmony between client and therapist and this atunement constitutes a kind of trance. Initially, Rogers' method still involved a considerable self-restraint on the part of the therapist. Whatever interpretations the therapist was tempted to advance had to be suppressed. Only reflections within the frame of what had already been shared by the client were permitted. This non-directive method required a great discipline on the therapist's part and learning such a method constituted a rigorous training of considerable value. Essentially it created an environment in which the client had optimum opportunity to make his or her own self-interpretations.

 

When Rogers moved to Chicago this methodology was refined into Client-Centred Therapy. The primary elements of the methodology were

1. a strong belief on the part of the therapist in the potential for self-actualisation in the client.

2. an ability to consistently make empathic responses in a manner that at least to some degree conveyed that empathy to the client

3. unconditional acceptance of what the client presented, manifesting as an absence of judgement or blame

4. genuineness.

 

More extensive practice with the method led to some revision in the idea of empathy. What had initially been a reflection of feelings gradually became the making of empathic understanding responses. The method was often misunderstood as repeating client's words back to them, but what was really required was a response that demonstrated that the therapist understood and vicariously participated in the client's feelings, without fully identifying with them: to demonstrate an understanding of the client, as if one were the client, without ever losing touch with the "as if" condition. Thus the therapist retained a residual distance and separation from the client while vicariously immersing herself in the client's world.

 

The question of genuineness necessarily raised some questions. If the therapist is setting aside her own interests, concerns and even her ideas about the client, in order to immerse in the client's world, then there is a very real sense in which she is not being herself. In fact, the genuineness condition meant that the therapist was genuinely willing to let go of her own world in the service of helping the client out of a genuinely felt compassion: an altruistic stance. In order for empathic responses to be "congruent" the therapist had to allow herself to enter into a kind of empathic trace. When in this state, empathic responses would spontaneously emerge from her own unconscious. The best points in therapy occurred when therapist, and perhaps the client too, were in a "slightly altered state of consciousness".

 

Later, John Shlein and myself were, independently of one another, to realise that entry into such an empathic trace depended not just on the therapist relating to the client in an unconditionally positive way, but rather upon a parallelism of perceptual focus between client and therapist. In other words, in order to be in a state of profound empathy with the client the therapist needs not only to be appreciating what the client is feeling but, more importantly, perceiving what the client is perceiving. Feelings are a function of the client's relationship to their object world. If the focal element in that world changes or if the manner of perceiving it changes, then the feelings change. Reflection of feelings at a deeper level thus requires that one participate in the substratum of those feelings. This analysis, in my own case, owed something to a parallel study of concepts in Buddhist psychology, in which introspective studies have generated a wealth of material over more than two millennia. The point was that the therapist needs empathy not just for the client, but for the client's others. This led to the development of the Other Centred Approach.

 

In the OCA the therapist shows empathy not so much by reflecting feelings and more by inviting exploration of the client's perceptual world: not so much "So you feel such-and-such about your mother" and more "Tell me more about your mother… I have the sense she is present for you at this moment." In some ways this breaks down the separation between the empathic method and such action techniques as psychodrama where the client's world is explored by enactment and three dimensional representation. While OCA may not necessarily move into such action methods, the imaginative representation of the client's world can become vivid. When it does so feelings are more intense.

 

All of this illustrates the fact that the simple idea of reflection of feelings is actually only the surface of profound depths in the client. The basic factors in the life of the client are the will and the object. The will is, as we observed at the beginning, often hidden, and it is for this reason that psychotherapy requires subtlety. The will, whether hidden or not, always has an object. The object, however, due to its participation in the empirical world, is not generally immediately or totally subject to the client's will. The object world resists our wishes. In this simple fact lies all the dynamic of human life. Furthermore, the same object may be the target of more than one will in the client, or, to put it differently, the will may be conflicted. I love you and I hate you may both be true. Go away and I want you back can readily co-exist.

 

Where there is a will and an object there will be a feeling. Beneath the surface of manifest feelings, therefore, swarms a whole menagerie of creatures of the will. The client-centred therapist, therefore, soon found that the divide between reflection and interpretation was not a solid boundary. An understanding response inevitably had to participate in some understanding of the will and some appreciation of the manner in which the object of the will was being construed. Rogers became aware of the latter part of this analysis, asserting in his later years that empathy was more concerned with perceptions than feelings as such.

 

Some of this dialectical development of methodology has been mediated by the slipperiness of the English language and especially the imprecision of the word "feelings". One can be angry - and anger is a feeling - because one's desire is frustrated, but is desire a feeling? Is frustration a feeling? Further, it is common English usage to say such things as "I feel that he is getting in my way." In this case, no emotion is being directly referred to. Here "feel" refers to a thought which is itself an interpretation of the actions of a third party. All of this makes precision in regard to what is and what is not permitted in the lexicon of the strictly Rogerian therapist difficult of definition. It does, nonetheless, seem worth the effort to attempt close readings of what Rogers and his followers have meant in their attempts to define a mode of therapy that facilitates the naturally emerging self-development of the client. Probably complete precision of definition is not possible in the nature of the material, but the attempt does often yield new subtleties in the approach.

 

In some ways, the sheer elegance and simplicity of Rogers' formulation of his method has been an obstacle to development. In a way that is highly ironic, given that Rogers' whole life philosophy is one of growth and open-frontiered development, his pronouncements have left a sense that they are the last word and that one cannot tamper with the method without committing some kind of heresy. However, a closer examination reveals that empathy has a sub-structure, that unconditionality is an ideal that in full form is beyond human capacity, that positive regard inevitably involves a judgement about what is positive, and that what is congruent depends upon what state the person in question is in at the time.

 

There are thus inherent dialectical dilemmas within the approach. A judgements about what is "positive" sits uneasily with an idea of unconditionality. A demand for empathic understanding may set off tremors in the therapist the congruent expression of which cannot be guaranteed even to sustain the relationship, let alone be therapeutic. We should not flee from nor disguise these dilemmas, but rather enter more fully into them, allowing such antitheses to generate new syntheses in order that our own understanding continue to advance, debate within the approach remain fertile, and the methodology not deteriorate into a simplistic technique, misunderstood by almost everybody.