HUMANIZANDO LA ESCUELA

Una mirada sobre el abordaje de la violencia escolar

 

Por Clor.Tali Grinspum

 

Dada la gran importancia que tiene la escuela como espacio de formación, tanto en contenidos como en valores, resulta especialmente necesario que los educadores reflexionemos sobre nuestra postura en relación a la violencia escolar. Romper con el acostumbramiento a toda forma de maltrato es uno de los principales objetivos de la toma de conciencia, prevención y desnaturalización de la violencia.

Se trata, en principio, de reconocer  la autoridad que trae aparejada el rol de educador, como factor decisivo para ejercer una influencia constructiva en aquellos que pudieran encontrarse en una situación de riesgo. Para ello, es imprescindible conocer alternativas a los comportamientos destructivos, es decir, saber qué y cómo hacerlo. Esto nos lleva a la necesidad de saber en qué consiste la violencia escolar. En principio, entendemos por violencia escolar, a toda conducta desarrollada en el seno de una escuela, que tiene la intención de provocar un daño.

Existen tres tipos de violencia que se determinan en función de quien es el agresor y quien el agredido. Podemos hablar en un primer lugar de lo que es la violencia de alumnos hacia otros alumnos.

En segundo lugar, nos encontramos con la violencia escolar que es ejercida por alumnos sobre el personal docente de su centro en cuestión. La misma se manifiesta tanto a nivel físico, a través de lesiones de distinta categoría, como a nivel psicológico haciendo uso de insultos y humillaciones de muy variada tipología.

Y en tercer lugar se encuentra la violencia escolar que es ejercida por el propio personal docente hacia otros compañeros, hacia alumnos, padres de estudiantes o incluso miembros del colegio que trabajen en el ámbito de la administración.

La gama de malos tratos y los escenarios en los que sucede son muy variados. Sorprendentemente, el mayor porcentaje de agresiones entre alumnos se produce en presencia de un adulto, sin que este legue a notarlo o actúe en consecuencia. Esconder, romper o robar objetos, amenazar, pegar, insultar, hablar mal de la víctima, impedirle participar en actividades, ponerle apodos denigrantes u ofensivos, burlarse o ridiculizar, ignorar o “hacer el vacío”, obligar a hacer cosas bajo amenaza, acosar sexualmente y amenazar con armas son varios de los comportamientos que las víctimas de violencia padecen a diario en aulas, pasillos, patios, baños, comedores, e incluso fuera de la institución educativa. La mayor parte de los malos tratos tiene lugar en la clase y el patio, aunque cada tipo tenga su escenario preferente. En la clase suelen producirse las acciones contra la propiedad, así como insultar, ignorar o poner apodos; en el patio la exclusión social, los insultos, agresiones físicas directas y amenazas; en los baños el acoso sexual y fuera del recinto escolar se amenaza con armas.

Cuando se pregunta a las víctimas sobre la comunicación de los malos tratos, los resultados muestran que la mayor parte habla con amigos o amigas, en menor porcentaje con la familia y en mucho menor grado con el plantel docente. No obstante, si tenemos en cuenta el tipo de acoso, sucede que las conductas más graves como pegar, amenazar para meter miedo y, sobre todo, acoso sexual y obligar a hacer cosas, se comunican casi en igual medida a amigos y familia. En la misma línea cuando la cuestión versa sobre quien interviene o ayuda, la mayor parte se refiere a los propios escolares y en muy pequeño porcentaje a padres y docentes. Por su parte los agresores dicen que la conducta de rechazo que sus actos provocan en los demás es mínima, aunque la percepción de los testigos sea bastante diferente, ya que casi la mitad dice intervenir en este tipo de situaciones. Un alto porcentaje de alumnos dice haber presenciado, alguna vez, durante el último año, actos de violencia en la escuela.

 

Existen muchísimos factores y disparadores de este tipo de conductas, sin embargo, entre los más frecuentes podemos citar: sentimiento de exclusión social, falta de límites en el comportamiento, la recurrente exposición a los contenidos violentos que normalmente presentan los medios de comunicación masiva en los cuales se exalta este tipo de conductas, el fácil acceso a las armas.

Desde el counseling humanístico, el abordaje de la violencia escolar implica encontrarse a diario con situaciones de conflicto entre los distintos integrantes de la comunidad educativa. Aquí debemos establecer una diferencia: conflicto no es igual a violencia, ya que es posible resolver un conflicto de un modo no violento. Desde esta perspectiva, la prevención de la violencia puede llevarse a cabo estableciendo espacios sistemáticos para el abordaje y resolución de problemas.

Las Rondas de Convivencia surgen como un modelo de resolución de conflictos. El conflicto forma parte de la vida misma, y por lo tanto del proceso de aprendizaje  y de la convivencia escolar. La escuela  tiene  que estar preparada  para abordarlo, con el fin de anticiparse a posibles explosiones de agresividad o violencia. Al ponerlo sobre la mesa, reflexionarlo, examinarlo y buscar colectivamente maneras de resolución, se generan  aprendizajes sociales muy fuertes.  En este proceso, se promueve en los alumnos a través de la reflexión, el debate, el intercambio o discusión abierta con otros la construcción de  modos de razonar sobre los asuntos morales: Descentración, sensibilidad empática, coordinación de perspectivas, contextualización, argumentación y reflexión crítica.

Las rondas de convivencia son un dispositivo escolar que requiere de la participación del grupo total de los alumnos de la clase. Mantiene una frecuencia de reunión sistemática (generalmente semanal o quincenal). Se desarrolla en  una disposición espacial en forma de ronda o círculo, sin objetos en su centro, para facilitar el encuentro cara a cara de todos los integrantes, sin espacios de privilegio. Permiten al alumno vivenciar el proceso de construcción de las normas, otorgarles un sentido y juzgar su funcionalidad. Por último, son un espacio de trabajo que apunta a la concientización y aplicación de un modelo de abordaje de los conflictos grupales.

También es frecuente que la violencia escolar se asocie al acoso escolar, conocido como bullying. Este acoso consiste en someter a un alumno a un maltrato constante y sostenido a lo largo del tiempo a través de burlas, insultos, golpes, etc.

Tanto si se trata de un incidente aislado o repetido, nuestra tarea consistirá, en principio, en facilitar algún instrumento que permita detectar la incidencia del maltrato. El método elegido deberá servir para que las víctimas y testigos se comuniquen, lo cual romperá con el mayor aliado de los agresores: “la ley del silencio”. Es imprescindible que se realice en un ámbito de seguridad y calor. También es importante elegir a la persona que intervendrá, y que disponga del tiempo y las herramientas para  escuchar de manera activa y empática a la víctima. Es fundamental asegurar la privacidad, ya que mayormente resulta vergonzoso o doloroso para el agredido. Recordemos que, con frecuencia, la víctima se culpa a sí misma por lo ocurrido, o cree merecerlo, y se vuelve contra sí misma.

Aquí la propuesta es facilitar la promoción de competencias psicosociales, las Habilidades para la vida (HpV), es decir, las habilidades que ayudan a las personas a enfrentarse exitosamente a las exigencias y desafíos de la vida diaria. Las HpV cumplen una función importante en la promoción de la salud en su sentido más amplio. Permiten a las personas transformar conocimientos, actitudes y valores en habilidades, es decir, saber “qué hacer y cómo hacerlo”.

Desplegamos diez Habilidades, consideradas relevantes en la promoción de la competencia psicosocial del ser humano. Autoconocimiento, Empatía, Comunicación asertiva, Relaciones interpersonales, Toma de decisiones, Resolución de Problemas y Conflictos,  Pensamiento creativo, Pensamiento crítico, Manejo de sentimientos y emociones, Manejo de tensiones y stress.

 

Más allá del modo de abordaje que elija cada institución, resulta indispensable involucrarse activamente y sostenerlo en el tiempo. La percepción de buen trato por parte de los alumnos es mucho más sensible a la intervención del Counselor Educacional, el docente o del equipo de dirección. Cuando los docentes no actúan, la percepción de buen trato por parte de ellos disminuye sustantivamente. Cuando hay una frecuente intervención de los adultos, los casos de alumnos que dicen haber vivido situaciones de incivilidad por parte de sus pares se reducen casi a la mitad.

Los gritos, insultos, burlas o exclusiones, que algunos alumnos dicen haber padecido alguna vez por parte de los adultos de la escuela, también disminuyen sustantivamente cuando hay una actitud de participación de parte de la institución educativa.

Prevención y Promoción de la salud, en su sentido más amplio, entendiendo ésta como una mejora sustancial en la calidad de vida de los individuos resultan claves a la hora de abordar situaciones de violencia.