Incertidumbre y Porvenir

Dr. Walter Ghedin

Pienso en cómo se ha modificado la vivencia de incertidumbre a lo largo del tiempo. Incertidumbre y futuro han estado muy próximos, por lo menos en el significado asociado al tiempo, a la falta de precisión, al azar; casi que podían convertirse en una misma palabra, con igual significado, por lo menos en la ubicación temporal. El romanticismo impregnó las palabras con los ideales del amor romántico, sujetos al devenir del tiempo; la realidad edulcorada con la imaginación frondosa de aquel que espera. La naturaleza humana sujeta a los vaivenes del destino ¿soñado o impuesto por las pasiones? La literatura de Goethe, Stendhal, George Sand o las obras de los nuestros: Esteban Echeverría, José Mármol, etc., expresan la fuerza de los sentimientos humanos frente al poder del tiempo y el destino.  Tengo la imagen de tantos hombres y mujeres esperando la respuesta de un amor, sufriendo en sus jardines de invierno, en medio del campo,  o sentadas en sus mecedoras, imaginando el contenido de la carta venidera. El romanticismo impregnó el imaginario popular: el tiempo se prolongaba en infinitos silencios o en cantos a lo desconocido.

La idea de porvenir estuvo durante siglos ligada al futuro, como consecuencia inevitable del tiempo, más tarde suma  una connotación que incluye al hombre como hacedor de su propio destino, así el provenir podía ser exitoso o constituirse en un fracaso dependiendo, claro, de las acciones humanas: “labrar el porvenir”, “asegurarse el porvenir”. En estos tiempos que corren pensar en el porvenir, no sólo es ubicarse en un lugar de gestor de su destino, sino es asimilar los riesgos que hay que asumir. Pareciera que el final de la adolescencia, por lo menos en los hogares de clase media, marca en forma contundente el inicio de un camino que depende casi exclusivamente de las decisiones que el joven tome. Nuestras familias, signadas claramente por la inmigración, protegen a los hijos brindándole seguridad y educación hasta el final de la escolaridad: “o estudias o trabajas”, es la frase típica que escuchamos a diario. Dudo si nuestras generaciones anteriores tenían temor ponían en duda sus capacidades para encarar el futuro. Creo que no: obedecían, cumplían con las etapas o estamentos esperables para su existencia. La idea de que las nuevas generaciones deben superar a las anteriores, por lo tanto, debe recaer sobre los nuevos integrantes tamaña responsabilidad, está naturalizada en los proyectos personales. Hay que bregar por un destino mejor para no cometer en los errores del pasado. Cuando digo error, me refiero a todas aquellas condiciones que se pretenden erradicar: miseria, dependencia a un patrón, sumisión, y nuevas normas de interacción familiar y social. El porvenir actual debe comprender la responsabilidad para ser asertivo en las decisiones que se aborden, debe ser superador del pasado y afrontar la vivencia de lo incierto, figura cada vez más presente en el universo personal. La comprensión de la neurosis y de otras patologías mentales (los medios de comunicación ya no hablan de “conductas irracionales”, describen con nombres y términos médicos el tipo de trastorno), preocupa a muchos por sus antecedentes familiares. Otra meta para superar, sólo que la incertidumbre que genera la locura no cuenta con las medidas de prevención que tienen las enfermedades orgánicas, ejemplo: diabetes; el cuidado pasa por la salud psíquica, entendiéndose ésta como una entelequia difícil de satisfacer en este mundo caótico. El hombre moderno no tolera la incertidumbre. La vive como una amenaza a su integridad, como si todo su ser fuese vulnerable a su influjo. El incremento de los trastornos de ansiedad (trastorno de pánico, fobias, trastorno de ansiedad generalizada, obsesiones, diferentes estados de ansiedad como reacción adaptativa, etc.) demuestra no sólo el temor a lo incierto, si no la dificultad para encararlo con acciones eficaces. El psiquismo se acostumbró a tanto dominio y ya no responde, excepto en vislumbrar e incrementar el estado de alerta, aun cuando el estímulo no amerita tamaña respuesta. El Sistema Límbico, una red de centros y vías nerviosas, del cerebro “inferior” está siendo el centro de las investigaciones. En síntesis podemos decir que el área límbica se activa con señales que signifiquen ataque, huida o apareamiento. Es posible que en tiempos pretéritos la activación se basara en criterios reales, ejemplo: un fenómeno natural, la presencia de un enemigo, las señales corporales y los estímulos olfativos en el cortejo amoroso. Hoy ya no existe tal respuesta mediada por la realidad. Las respuestas límbicas han perdido su refinamiento para captar la amenaza. Hoy se reacciona con miedo intenso y síntomas ante todo aquello que no podemos controlar, es decir, lo incierto. Se teme a un ascensor, a un avión, a una cucaracha, a las alturas, a un espacio abierto, a un recital, a no poder escapar, a recibir ayuda. Pero también se teme a perder el trabajo, a no poder cumplir con los objetivos trazados, a enfermar, a no ser capaces de darle lo mejor a nuestros hijos, etc. La incertidumbre irrumpe en el espacio donde la certeza era reina y señora. En estos tiempos modernos la incertidumbre, aplacada por el influjo de la certeza, surge por las grietas inevitables que se han abierto en su seno. Y surge con su emoción real: el miedo, pero con la irrealidad de convertir cualquier señal extraña (o conocida) en un peligro inminente. Tanto vértigo que trae consigo la modernidad requiere de ser captado y asimilado con igual apuro para ir parejos o a poca distancia de las buenas nuevas. Simplemente no estamos preparados para dar respuesta. Lo intentamos, queremos ir al lado de la modernidad, pero nos quedamos cojos. Creamos los mismos instrumentos que nos entrampan. ¿Y dónde está el placer?, es posible que ya no hablemos de él o que sea tan efímero y circunstancial como un leve viento que nos golpea. O quizá nos queda llamarlo goce: regodeo entre el placer y la angustia de lo efímero. Tamaño encierro existencial interroga al hombre a buscar nuevos horizontes, a construir nuevos lugares para paliar su desazón. Cuando digo: interroga, se entiende que la formulación de la cuestión tiene siempre el tope de lo conocido. Ojala pudiera internarse en nuevos ámbitos personales, dando origen a nuevas respuestas a situaciones conocidas. Justamente consuma lo contrario: crea un lugar ilusorio que aplaque la incertidumbre del devenir. Ya no necesita de los estamentos de poder para que le den protección. Ha aprendido a fuerza de berrinches y represión a postergar sus deseos más sinceros a costa de una seguridad garantizada por la masificación. Ahora es él, el artífice de su propio destino. Se crea la figura del hombre independiente y autosuficiente cuando en realidad sigue siendo un monigote de los estamentos que ha naturalizado. La mente es una construcción social, por ende la ubicación en las diferentes jerarquías  dependerá del interjuego entre la adaptación pasiva y la activa. La individualidad se pierde en la paradoja de la especie humana evolucionada. No existe parangón para tamaña contradicción: en el siglo XXI vivimos presos de los resultados de la evolución. Las personas creemos que tenemos el poder, que se nos ha cedido el cetro para hacer con él lo que nos plazca. No obstante, la metáfora del cuento del Borges “el muerto” sigue vigente: te cedo la mujer, la guitarra y el caballo, porque sé que estás muerto.

En este cruce entre el Poder y el poder humano se ubican los lugares, como páramos en medio de un desierto de confusión. Acertar en la ubicación de un lugar es dejar de vagar por espacios indeterminados, plagados de amenazas y veladuras. Los lugares son espacios simbólicos donde la realidad es una construcción anticipada. Y aunque tengamos la convicción de la originalidad de la propuesta, es mera ilusión, falsedad, moneda de cobre que los ojos convierten en oro.